Hoy, ante
la pandemia que atraviesa el mundo, con mucha frecuencia hemos estado
escuchando de las consecuencias en la salud mental de la
población y de la necesidad de la atención psicológica de emergencia. La
Psicología de Emergencias es una especialidad dentro del quehacer profesional
del psicólogo. Se refiere al estudio del comportamiento humano antes, durante y
después de situaciones relacionadas con las emergencias, utilizando para ello
técnicas y hallazgos propios de la experiencia que dentro del campo de las
emergencias y la Psicología existen.
El
objetivo de los primeros auxilios psicológicos es calmar y ayudar a las
personas a funcionar y hacer frente de manera saludable a la contingencia,
mientras esta ocurre. Los primeros auxilios psicológicos se pueden aplicar en
diferentes contextos y ámbitos, tanto si se tratan de emergencias masivas (un
terremoto, un huracán, un atentado, una epidemia, etc.) como cotidianas
(accidente automovilístico de un familiar, pérdidas familiares, etc.). En estos
momentos en que estamos inmersos en la sobrevivencia y en salvar vidas a
cualquier costo, resulta sumamente importante poder brindar apoyo emocional a
quien lo necesite para enfrentar las condiciones adversas y poder disponernos a
luchar por la vida, protegernos y proteger a nuestros niños y sus familias.
Centraremos
nuestros recursos en este artículo en el trabajo con los niños, sus familias y
sus maestros, porque la escuela ha seguido presente durante esta emergencia
sanitaria mundial, aunque de una forma diferente a como se hace de manera
cotidiana.
Para los
padres y maestros es importante, reconocer las reacciones normales de los niños
ante esta situación. Generalmente, estas reacciones van a estar relacionadas
con la edad, las condiciones de vida, la estabilidad emocional que muestre la
familia y las situaciones en que se encuentra confinada, las preocupaciones por
el futuro y en los casos de niños o adolescentes que presenten alguna condición
de salud física o mental, la respuesta emocional estaría relacionada además, con
las características de esta condición y los recursos de protección que se hayan
desarrollado hasta el momento. No puede perderse de vista que esta situación puede
ser muy difícil para los adultos, pero puede resultar traumática para los niños.
Los niños ante la emergencia experimentan una serie de reacciones y de
sentimientos como respuesta a la inseguridad e incertidumbre que se genera y
necesitan atención especial para satisfacer sus necesidades. No se puede perder
de vista los dos indicadores más comunes de estrés que pueden generarse en los
niños: los cambios en la conducta y la regresión. Un cambio de conducta es exhibir
una conducta cualquiera que no es típica de ellos. Por ejemplo, un niño
sociable y extrovertido puede volverse muy tímido y aislado, presencia de
conductas agresivas. La regresión es cuando ocurren conductas del pasado o sean
que regresan, tal como chuparse el dedo pulgar, volver a mojar la cama o hablar
como los bebés. Los niños puede que se confundan y se tornen ansiosos, hiperactivos
e hipervigilantes, es decir, muy conscientes y reactivos a todo lo que ocurre
en su entorno. Esperan peligro y se sienten inseguros, temerosos, enojados o
angustiados. Pueden tener dificultades para dormir, sufrir insomnio o tener
pesadillas, pero también pueden experimentar entumecimiento emocional o
evitación y tratar de ocultar sus emociones o negarse a experimentarlas y no hablar de
ellas con sus padres y otros familiares.
Durante la emergencia los padres tienen un papel mucho más difícil con
los hijos. Como padres, necesitará
lidiar con la emergencia de una manera que ayude a los hijos a evitar que desarrollen un sentido de pérdida
permanente. Tendrán que enfrentar
muchas veces situaciones en que no tengan una
respuesta predeterminada y aun así tendrán que
enfrentarse con su principal tarea que es darle seguridad y estabilidad
emocional a los hijos. El Dr. Fernando Mulas Director del Centro Valenciano de Neurología Pediátrica y
experto en Trastornos del Neurodesarrollo, en un artículo publicado el 4 de
abril del 2020 en el Diario Las Provincias, hace referencia a la pregunta que cotidianamente en este tiempo más escuchamos de
los hijos, “ Papá, queda mucho” y señala,
“…cuando un niño nos hace esta pregunta está
pidiendo no tanto conocer la respuesta categórica, sino está informándonos de
su comprensible desazón para conseguir de nosotros un apoyo
sobre su estado anímico, que lo
haga sobrellevar mejor la espera de lo que parece que nunca se va a acabar”.
Esto resulta mucho más difícil de comprender y sobrellevar cuando alguno de los
hijos tiene un trastorno del neurodesarrollo.
¿Cuáles son los principales síntomas de alerta
que deben observar los padres, para intervenir de la mejor manera posible?
Edad preescolar (3-5 años). Los niños de estas edades frecuentemente se sienten
desvalidos y experimentan intenso miedo e inseguridad por su impotencia para
protegerse a sí mismos. Muchos carecen de las destrezas verbales y conceptuales
necesarias para lidiar efectivamente con el estrés que ocurre súbitamente. Las
reacciones de los padres y de sus familias a menudo los afectan fuertemente.
Las reacciones típicas suelen ser miedo a la oscuridad o a los animales, apego
a los padres, terror en las noches, pérdida del control de la vejiga o de la
excreción, estreñimiento, dificultad en el habla
(tartamudear), disminución o aumento del apetito, llorar o gritar por ayuda,
inmovilidad, temblores y expresiones faciales de terror, temor a que le dejen
solo, miedo a los extraños, confusión.
Edad
escolar (6-11 años). El niño de edad escolar puede entender los cambios o las
pérdidas permanentes. Los miedos y las ansiedades predominan en este grupo.
Pueden surgir temores o miedos imaginarios que no parecen tener relación con la
emergencia. Sin embargo, algunos niños se concentran en los detalles de la
emergencia y desean hablar de éstos continuamente. Estas reacciones pueden
interferir con otras actividades. Las reacciones más frecuentes suelen ser irritabilidad,
lloriqueos, exceso de apego, conductas agresivas, competir con los hermanos por
la atención de los padres, terrores nocturnos, aparición de tics, presencia de
conductas impulsivas, pesadillas y temor a la oscuridad, renuencia o
inconsistencia en la realización de los deberes escolares, falta de interés y
una concentración pobre, conducta regresiva, dolores de cabeza u otros
malestares físicos, depresión, inseguridad y ansiedad.
Inicio de
la adolescencia (11-14 años). Las reacciones de este grupo de edad son de
especial significado. Él debe saber que sus miedos son apropiados y que otros los
comparten. La ayuda debe dirigirse a reducir las tensiones y las ansiedades, y
los sentimientos que de ellos se derivan. Frecuentemente pueden presentarse
conductas como las siguientes, trastornos del sueño, trastornos del apetito,
rebelión en el hogar, rehusar hacer las cosas que se le piden, renuencia a
hacer las actividades escolares en línea, problemas de conducta, peleas,
aislamiento, pérdida del interés, conducta dirigida a llamar la atención, somatizaciones
como dolores de cabeza, dolores leves, erupciones en la piel, problemas
intestinales, quejas psicosomáticas, super enfoque en las redes sociales
especialmente en la búsqueda de relaciones con los amigos que aunque parece
razonable para el momento, pudieran resultar contraproducentes por las informaciones
sin filtro que reciben.
La
adolescencia (14-18 años). Una situación de emergencia puede estimular los
temores relacionados con la pérdida de sus familias y su vida misma y amenaza a
su proceso natural de despegue de la familia por la necesidad de unión familiar
en ese momento. Se interrumpen las relaciones con sus grupos y sus vidas en la
escuela. Pueden tener una combinación de algunas reacciones infantiles
mezcladas con reacciones de adultos, pueden mostrar conductas más arriesgada
que la normal, podrían sentirse agobiados por las emociones y podrían estar
incapacitados para discutirlas con sus familias. Aparecen reacciones típicas
como dolores de cabeza y otros malestares físicos, depresión, confusión o
concentración y ejecución pobres, conducta agresiva, aislamiento y distracción,
cambio de su grupo o de amigos, síntomas psicosomáticos, cambios del apetito o
del sueño, agitación o disminución del nivel de energía, indiferencia, conducta
irresponsable, conductas de riesgo y aumento o reducción de la lucha contra el
control de los padres.
¿Cómo los
padres pueden ayudar a sus hijos a superar la situación?
Frecuentemente, los niños imitan la conducta de sus padres. Cuando los
padres han lidiado bien con la situación, hay una gran probabilidad de que los
niños hagan lo mismo. Cuando los problemas se mantienen escondidos y no se
discuten abiertamente, los niños podrían interpretarlos como que algo aterrador
está ocurriendo, a veces peor de lo que verdaderamente es.
Nunca olvide que los niños y adolescentes dependen de rutinas diarias. Se
despiertan, se levantan, se desayunan, se van a la escuela, hacen deportes y
juegan y conectan con sus amigos. Cuando las emergencias interrumpen esta
rutina, ellos se tornan ansiosos e inseguros. En una emergencia siempre
buscarán su ayuda o la de otros adultos y cómo usted reaccione a una
emergencia, les dará la clave de cómo actuar. Si usted reacciona alarmado, el
niño sentirá más miedo porque entiende nuestro miedo como una señal de que el
peligro es real. Si usted parece agobiado por un sentimiento de pérdida, el
niño sentirá su pérdida con más fuerza.
Abrace y
acaricie a sus hijos con frecuencia. Asegúreles frecuentemente que ustedes
están seguros y que permanecerán junto a ellos. Háblele sobre sus sentimientos
acerca del problema en un lenguaje no alarmista, sino que les brinde seguridad.
Comparta con ellos sus sentimientos. Proveerles información que ellos puedan
entender. Comparta con sus hijos pequeños más tiempo al acostarlos a dormir. Háblele
sobre lo que pueden hacer, cómo pueden ayudar. Deje que sus hijos ayuden, asígnele
una responsabilidad social en el entorno familiar durante la contingencia.
Traten de pasar más tiempos juntos en actividades de familia para comenzar a
reemplazar los miedos con recuerdos placenteros. Si están teniendo problemas para
resolver las asignaciones escolares, comuníquese con sus maestros para colaborar
durante esta etapa.
Los temores de los niños pueden surgir de su imaginación y usted debe tomar
estos sentimientos en serio. Un niño que siente miedo tiene miedo. Sus palabras
o sus acciones pueden darle tranquilidad. Cuando hable con su niño, asegúrese
de presentarle un cuadro realista que a su vez sea manejable. Los sentimientos
de temor y miedo son saludables y naturales en los adultos y en los niños, pero
usted como adulto debe tener el control de la situación. Cuando esté
seguro que
el peligro ha pasado, concéntrese en las necesidades emocionales de su hijo
preguntándole en qué está pensando y qué es lo que más le preocupa. La
participación de los niños en actividades de la familia para recobrarse del
evento les ayudará a sentir que su vida retornará a lo “normal”. Su reacción
durante este tiempo tendrá un efecto duradero en él.
Usted puede ayudar a los niños a recuperarse entendiendo lo que causa sus
ansiedades y sus miedos. Aliénteles con firmeza y amor. Sus hijos se darán
cuenta que eventualmente la vida vuelve a lo normal.
Escrito por Nieves Herrera Conde.